David Jiménez, ex-director de El Mundo, expone los problemas del periodismo

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Concentración de los medios, Ética y calidad, Medios y política • by

En 2015 David Jiménez fue nombrado director de El Mundo por sorpresa. El Mundo era una de las cabeceras más importantes de España, había estado marcado por la personalidad de su fundador y director Pedro J.Ramírez.  El periódico se había enrocado en la defensa de una teoría de la conspiración sobre los atentados del 11M en Atocha. Esto ponía en duda tanto la investigación judicial como  la victoria socialista en las elecciones de 2004. Después había girado el punto de mira y se había enfrentado al Partido Popular al publicar los “papeles de Bárcenas”. Implicando a la cúpula del partido y del gobierno en actividades de financiación irregular.

Jiménez disfrutaba de una beca en Harvard después de década y media como corresponsal en Lejano Oriente. Parecía ser una apuesta por cambiar de forma radical la imagen y la práctica periodística de El Mundo. Tras poco más de un año como director, fue cesado. Ahora se ha embarcado en una extensa gira para presentar su crónica de ese año turbulento, recibiendo no pocas criticas de un colectivo que, en contradicción son su apelación constante a la transparencia, ha hecho ley el lema “perro no come perro”.

Más allá del interés morboso por identificar a los personajes que aparecen con  sobrenombres como la Digna, el Señorito o el Dos, algunos de los cuales ya han anunciado su intención de querellarse contra Jiménez, el relato ofrece una radiografía de los problemas de la prensa española; no solo de El Mundo, sino de todo un sector en crisis de resultados, legitimidad e influencia.

Los españoles no se fían de los medios, y lo hacen en buena manera porque perciben que estos están demasiados ligados a los políticos y al poder económico. Jiménez lo narra claramente: el vínculo entre la prensa y las grandes empresas son Los Acuerdos: los empresarios se aseguran de que sus compañías aparecen siempre en términos favorables a cambio de inyecciones regulares de dinero. No ya solo en forma de publicidad, sino con acuerdos de patrocinio de eventos, favores personales a los directivos, hipotecas con condiciones extraordinarias para los redactores o regalos estrambóticos.

 

Al servicio de los poderosos

Jiménez comprueba, con desazón, que una de sus funciones principales, por encima de las periodísticas, es cultivar las relaciones públicas con un poder económico que pueden hundir o reflotar un medio con sus inyecciones de dinero. Como le señala un directivo del grupo editorial:  “Vivimos de favores. No podemos ir contra los amigos que nos ayudan. Esto no es una corresponsalía, tienes responsabilidades.”(p.116)

Por otra parte, desde los ministerios o la Policía se mercadea con información, se filtran noticias de forma interesada o se inventan para perjudicar al partido rival. Los políticos, del mismo modo que los empresarios, entienden que cada relación con un medio es una forma de comprar elogios y de blindarse ante investigaciones o irregularidades. “El país se enfrenta a enemigos peligrosos. No son tiempos para la neutralidad” (p.43) le espeta el ministro del Interior en una reunión privada.

Nada nuevo en un país en el que el partido del gobierno es capaz de crear una policía patriótica al dictado del ministro del Interior y comandada por un comisario que graba cada uno de los encuentros que organiza al tiempo que lideraba “el mayor ataque contra la prensa en democracia” (p.44). En consecuencia, la información que se ofrece a los lectores se escribe al dictado. La sección de nacional es la más importante, precisamente por su cercanía con el poder: “el reparto de páginas se hacía en función de su agenda y sus periodistas eran los únicos a los que se consultaba a la hora de escribir los editoriales” (p. 25).

La cronista parlamentaria de El Mundo, Lucía Méndez, defendía hace poco en unas jornadas que la labor de los periodistas es la de ser mediadores entre los políticos y los ciudadanos. De ahí la desproporcionada cobertura que los partidos políticos tienen en la prensa española. Jiménez intentó cambiar la tendencia: “Había erradicado la publicación en portada de soporíferas imágenes de políticos en ruedas de prensa, un clásico de la prensa española. Y estaba empeñado en eliminar el periodismo declarativo que llevaba a los partidos a marcar la agenda con citas prefabricadas a sabiendas de que las recogeríamos sin contexto ni información adicional para contrastarlas” (p.94).

Puesto que el espacio en la prensa es limitado, esta preponderancia de la sección de Nacional y de sus componendas con el poder, vinculadas a Los Acuerdos, deja de lado la información sobre cuestiones sanitarias, medioambientales, educativas, sociales o culturales. Como afirmaba Delia Rodríguez en su análisis de la situación del campo mediático español, el problema es que esta cercanía con los políticos hace que los periodistas confundan eso con la realidad; estar cerca del poder es más importante que contar historias.

 

Periodistas de disparo fácil

Acostumbrados a hacer el periódico a base de declaraciones y notas de prensa, los controles de calidad son escasos. Jiménez relata cómo despidió a una colaboradora porque, tras publicar una falsa historia sobre una conocida modelo, descubre que lleva años construyendo sus crónicas desde Alemania copiando a los medios internacionales: “llevamos años recibiendo quejas por plagios desde Alemania- dijo la redactora jefa de Internacional – Se comunicó a la dirección muchas veces, pero nunca se tomó ninguna decisión” (p.67).

El autor reconoce que falta la cultura de la comprobación; en los 90, una periodista de origen norteamericano ya había señalado a sus compañeros de redacción que El Mundo “era un periódico ferozmente independiente, una rareza en el periodismo militante del país, pero con periodistas de disparo fácil y jefes poco rigurosos”(.66). Su crítica tuvo el despido como premio.

La consecuencia es que, ante la baja calidad de la información que ofrece la prensa escrita, el público cada vez se informa por otras vías. El futuro de la prensa pasa por recuperar la credibilidad, pero también por competir por los espacios en los que los lectores se informan: si en 20 años sigue habiendo periódicos, estarán en la web. Cada vez hay menos quioscos y cada vez los compradores de prensa en papel son menos y mayores.

 

Estadística: periódico el mundo

 

Jiménez cuenta sus dificultades para convencer a los directivos de apostar por la edición digital, reorganizando la redacción en torno a la inmediatez que la web requiere, y como constantemente la cúpula apuesta por el papel. En medio de una cobertura electoral, cuando toda la competencia está produciendo análisis según van apareciendo los resultados del recuento, su analista política participa en una tertulia televisiva y, al ser llamada a la redacción, afirma sin inmutarse que “mandará la crónica para la versión impresa más tarde”(P.177).

 

Influencia menguante

Al igual que buena parte de la prensa nacional, los gestores de los medios parecieron no darse cuenta de que desde la red estaban surgiendo medios nativos digitales capaces de competir con ellos. Se aferraban a su supuesta influencia: “no nos dábamos cuenta de que, con tiradas impresas cada vez más pequeñas y cientos de nuevos medios digitales, con menos periodistas buscando exclusivas y el impacto de lo que publicábamos en caída libre, ya solo importábamos a un pequeño gueto de la élite económica, política, burocrática, académica y cultural de Madrid. Solo éramos relevantes para el establishment, en parte porque llevábamos décadas escribiendo sobre y para él” (P.225).

El retrato de El Mundo puede servir como retrato de todo el sector: una prensa poco libre, atada de pies y manos a políticos y poderes económicos, más pendiente de quedar bien con los amigos importantes que de su compromiso con la verdad, ajena a la complejidad de una sociedad en rápida transformación, incapaz de liberarse de las inercias de hacer periódicos en papel. Una prensa que produce información de baja calidad e interés y que es recompensada, en consecuencia, con el alejamiento de los lectores, la pérdida de influencia y credibilidad y el declive de los ingresos.

 

Imagen de portada: Ben Rosset

Edición: Romina Morales

Gráficos: AIMC

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